Vivías siempre al borde,
algunas veces estricta y perfeccionista,
aparentemente insensible
pero también tremendamente frágil,
y sobre todo profundamente triste.
Buscabas desesperadamente la aprobación de los demás,
vivías rodeada de personas con las que no te sentías cómoda,
salvo contadas excepciones,
que en ocasiones te temían
y sabían cómo mantener una distancia prudencial
para no recibir un comentario sarcástico
o una respuesta cortante como el cuchillo más afilado.
Te convertiste con el tiempo
en una persona con la que es difícil empatizar,
por lo menos al principio,
pero también una de esas con la que terminas solidarizándote
una vez que conoces el duro bagaje emocional con el que tienes que cargar.
Conoces de cerca la pena,
la soledad y la frustración,
y aunque tu modo de comunicarlas sea a través
de comentarios sarcásticos,
miradas frías y silencios incómodos,
no puedes dejar pasar la oportunidad de entrar en su vida
como observador e ir separando poco a poco las capas
bajo las que se esconde la verdadera persona.
¿Quién eras?
¿Por qué lo dejaste todo para emprender una aventura propia?
Eras una persona que pasaba todo el día en una oficina,
un cubículo, cuatro paredes y una rutina abrumadoramente aburrida,
puro papel y procedimientos sólo por cumplir con un certificado,
o viajando de ciudad en ciudad,
y cuando llegabas a casa seguías pendiente de ese trabajo,
tu cabeza estaba siempre llena de tareas, planificación y gestión;
te perdías de la familia, de los amigos, de ti misma, y del amor.
Hasta que la distancia se hizo más grande y evidente
entre tus sueños y tú realidad,
decides optar por ti,
y vivir tu vida a tu manera.
Tuvo mucho que ver el hecho de sentir
que la gente se volvía cada vez más desconsiderada,
y no siempre sucede porque quieren más,
o quieren aprovecharse,
sino porque están bajo una enorme presión:
social, política, económica, y familiar,
creando una bomba de tiempo
entre la espada y la pared,
están siendo arrastrados y no hay marcha atrás,
estamos en un círculo vicioso de radicalismo,
ambición y falta de respeto hacia los demás.
Nos preocupa más el ser extraordinarios y vivir compitiendo
con los demás por lograrlo, más ser común no es tan malo.
La indiferencia, el silencio y los desaires de muchas personas resentidas,
jugando con los demás a responder con monosílabos,
o guardar un silencio castigador por algo que ya pasó,
y cómo no saben pasar la página
hacen que cada vez haya una distancia más grande entre nosotros.
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