El dolor permanente te cambia
te vuelve más dura y fría,
te aísla y te vas quedando sola
te obsesiona la búsqueda de quitarlo;
crees encontrarlo por temporadas
pero estás en un círculo vicioso
que parece no tener fin.
En los días que no tienes dolor
eres luz, respiras tranquilidad,
te motivas a hacer de todo,
pero cuando vuelves a sentirlo
solo quieres quedarte quieta
encerrarte en tus pensamientos
acurrucarte en tu lugar seguro
y quedarte allí hasta que pase.
Entonces te aíslas y normalizas el dolor;
comienzas a perderte de ti misma,
y dejas de reconocerte,
dejas de escribir e interesarte por los demás;
el dolor crónico te carcome por dentro,
tu cuerpo,
tu semblante cambia,
frunces el ceño y tu cuerpo tensionado permanentemente
expulsa a cualquiera que intenta acercarse.
Hasta que te cansas de vivir así,
y buscas la manera de hacerte funcional,
el dolor nunca se va a ir de todo,
pero al menos puedes recuperar esa vida que tenías
y disfrutabas.
Puedes tener dolor,
lo que viviste nadie te lo puede quitar.
¡Y sí que has vivido!
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